Segundo premio IV Concurso Literario “Los propios demonios”

Álvaro Carretero, por “Los propios demonios”

No es usual ver a los ángeles en el infierno, raro es que estos inocentes seres se descuelguen hasta los aledaños del abismo, sin embargo, es a veces el propio infierno el que decide escalar y visitarles.

Constance saboreó la crueldad humana cuando entró en el instituto. Sus muletas, prolongaciones mismas de sus brazos, que la ayudaban a caminar erguida sin desequilibrarse, habían sido acogidas en su anterior colegio como un elemento distintivo, una forma de identificar en la distancia a la sonriente y hermosa Constance. Pero las cosas habían cambiado. En este nuevo centro las miradas no invitaban al acercamiento, al contrario, la obligaban a la exclusión. Las burlas tardaron poco en llegar. De suaves pasaron a rugosas, y de rugosas a hirientes. Constance nunca contestó, de hecho nunca escondió la sonrisa de su cara, una sonrisa brillante y sincera, que retaba a las alimañas a seguir con sus improperios. Con el tiempo, y ante la impasibilidad de Constance, las burlas perdieron fuerza, fueron desapareciendo como una sombra al atardecer, hasta que finalmente cesaron. Encontraron otro de quien burlarse.

La paciencia de Constance dio sus frutos. Pronto, la niña de muletas y sonrisa perpetua comenzó a cubrirse de amigos, gente que se interesaba por ella, que la ayudaba y defendía de palabras biliosas.

En los años de instituto venideros, Noemí, su mejor amiga, habría de preguntar infinidad de veces cómo fue capaz, Constance, de mantener una sonrisa tan sincera durante las burlas y el marginamiento. “Un mago nunca revela sus trucos”, contestaba enigmática. La niña jamás confesó la verdad: las palabras ignorantes de unos chiquillos no podían herirla, ya no, Constance estaba hecha a prueba de golpes, fuerte, resistente y hermosa como un diamante, inmune, tras una vida de lucha y victoria contra sus propios demonios.

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