Primer premio IV Concurso Literario “El susurro”

Gonzalo Carretero, por “El susurro” 

No es usual ver a los ángeles en el infierno, pero allí estaba, te lo prometo, con sus alas de hueso y plumaje albino, con su piel brillante, carente de imperfecciones humanas, con sus pies descalzos, con sus manos desnudas, con su mirada cándida. Tan nítido como imposible. Dolorosamente hermoso. Allí mismo. Sobre ti.

La habitación del hospital palpitaba al compás de las máquinas que te mantenían con vida. Llevaba tanto tiempo allí que el latir de la estancia era ya mi propio latir, y era rítmico, y era asfixiante. Tú dormías en la incubadora, ajeno a tu propia fragilidad, separado por el vidrio de un calor insoportable. El calor de la incertidumbre… ¿Vivirías?

“Seis meses y medio de gestación es el límite”, habían asegurado los doctores, “las estadísticas juegan en su contra. Ahora todo está en sus manos”. Todo en tus manos, hijo mío, eso dijeron. Pero se equivocaron. No todo.

Fui la única que presenció el milagro. Cuando abrí los ojos el ángel ya estaba allí, inclinado sobre tu cuerpecito, en silencio, irradiando una calma deliciosa. Se agachó, atravesó las paredes de la incubadora como si nunca hubieran estado allí, y susurró algo en tu oído. Jamás supe qué dijo, jamás te lo he preguntado porque sé que no puedes recordarlo, pero no importa, en aquel instante supe que todo iría bien, vivirías, porque no luchabas solo. Los ángeles luchaban contigo.

Tras la aparición empezaste a dar muestras de mejora. En un mes saliste de la zona de peligro, en tres meses abriste por primera vez los ojitos, y en cinco estabas ya en casa, arropado por tu hermano, por papá y por mí.

Nunca volví a ver al ángel que salvó tu vida.

Nunca tuve la oportunidad de darle las gracias.

Nunca nadie creyó mi historia.

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